Autobiografía tecnológica

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Nací en el año de la gran revolución tecnológica. Si bien se dice que ésta inició en la posguerra, a fines de los cuarenta, 1971 fue el año que vio nacer también el microprocesador y con él, la gradual y considerable disminución del tamaño de las computadoras. Yo no vi una en persona hasta muchos años después, eso constituye parte de esta historia.

Aunque suene vintage, crecí entre viniles y teléfonos en los que había que discar pacientemente un número con siete dígitos: 5-94-5320 fue el primero que aprendí, el de mi propia casa. Mi padre tenía una librería al sur del DF, a unos pasos del edificio de Rectoría de Ciudad Universitaria. Cayó redondo cuando una suerte de sastre del nuevo traje del emperador llegó a venderle un sistema de clasificación de libros que, supuestamente, le ahorraría una cantidad enorme de trabajo toda vez que los libros fueran registrados y sus códigos perforados en unas tarjetitas que una máquina voraz, similar a la de Turing, mordía incesantemente. La máquina fue comprada y el engorroso proyecto, por supuesto, acabó a la deriva.

Mientras la serie de libros por clasificar permanecían acumulados en las esquinas de nuestra casa y el patio-garage se mantenía hasta el tope de grava y otros materiales con los que mi papá pretendía construir un cuarto gigantesco con jacuzzi incluido, mi madre por poco y no lo deja entrar cuando apareció en la puerta con el último gadget: una VHS y una cámara de video. Por aquel entonces, nos fuimos en carretera a conocer Cancún, pasamos por Palenque y otros lares. En los registros de mi padre, se ve a mi primo cargando una maleta con los dos armatostes que componían la VHS, pues era necesario llevarlos conectados a un espagueti de cables para que mi padre pudiera filmar. El gusto no le duró mucho. A saber por qué, VHS fue rápidamente sustituido por Betamax. Del puro coraje mi padre se negó a sustituir su inversión por la versión más nueva, con todo y que en su segunda librería, ubicada en el recién estrenado y flamante centro comercial del sur –Perisur–, albergó por muchos años a un video club que tenía cientos de Betas y tres VHS, constantemente vistos por nosotros.

En el centro comercial donde se encontraba la primera librería había una isla con los primeros videojuegos: Pac-Man y Tenis entre otros. Yo no llegué a jugar de forma obsesiva sino hasta que mi padre se trajo de un viaje a Houston, una computadora Atari con Floppy Disks. Mis hermanos y yo nos quedábamos hasta la madrugada jugando Arkanoid y un Tetris que era plano, en colores negro y verde. En la universidad comencé a entregar trabajos impresos. Como era costumbre, los hacía la noche previa a la entrega. Siempre se me hacía tarde porque la impresora constaba de un carrete más que lento, que dibujaba las letras por medio de puntos. Llegaba cinco minutos antes de que el profesor abandonara el salón de clase. Invariablemente, yo y otros tres alumnos le pedíamos cinco minutos más para poder acentuar las palabras del mentado trabajo. Por aquellas épocas, allende principios de los noventas, comenzaban a aparecer los primeros celulares que eran, sin exagerar, del tamaño de un zapato. Recuerdo muy bien estar en la fuente de la universidad mirando a un individuo que se pavoneaba con su accesorio. Hablaba fuerte para que todos adivináramos su presencia. El cuate llamaba a su mamá para que lo fuera a recoger. Mi amigo Fernando susurró entre dientes: “Mejor que te compren un vocho”.

Mi primer correo electrónico lo estrené en el segundo o tercer trabajo de mi incipiente vida laboral. Era kilométrico, no había forma de aprendérselo pues eran muchos números intercalados por puntos más la arroba seguida de algo así como sercom.servidor.intel.net. Más adelante di clases en una universidad que hasta la fecha se caracteriza por su plataforma tecnológica. Lo peor eran los cursos de inducción y las plataformas arcaicas que nunca cargaban con tal de rellenar listas, bitácoras y calificaciones. Un ingeniero cubano nos daba las instrucciones, seguido de un lamentable: “En realidad, la tecnología te hace tlabajal el doble (Aquí entre nos)”.

La versión extraoficial es que reencontré a mi actual marido por Facebook y él confesó empezar a sentir los latidos del amor cuando vio mi Flickr, años lejos de Instagram. De ahí pal real, las comidas que hacemos con amigos llegan invariablemente a los temas clásicos del país, la familia y el dinero en la sobremesa. Nuestros mejores amigos, entre ellos un físico, y nosotros, nos debatimos por inventar la app que logre hacernos millonarios. Tengo otro amigo, Ernesto, que trabajó en Silicon Graphics. Hace mucho pero mucho tiempo nos habló de la posibilidad de reconocimiento de imágenes por www. Sin embargo, es mexicano y, ni qué decir: aunque González Camarena inventó el Technicolor cinematográfico, en esta ocasión a Ernesto le ganó una vez más Google.

Actualmente hago una dieta derivada del resultado de una máquina que escanea las frecuencias electromagnéticas del cuerpo por medio de un sensor dispuesto en el pulgar. Doy clases de historia del arte gracias a internet y powerpoint. Si se va la luz o se pierde la señal, no hay forma de seguir con la sesión. En esos momentos recuerdo mis primeras clases en 5º de prepa con la Sra. Mayola, quien llevaba sus enciclopedias para que apreciáramos los cuadros, las esculturas y los edificios, a veces en blanco y negro. Todavía no he logrado ser millonaria pero yo sólo espero que bajen los precios de las impresoras tridimensionales para poder hacerme collares y pulseras con sus diseños.

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